martes, 4 de septiembre de 2012

La estética, un callejón sin salida…



¿Qué es la estética? Esta sería una pregunta interesante para iniciar un debate con altos niveles de subjetivismo, donde el inicio y el fin serían similares, porque nadie lograría establecer un consenso.
Definir, valorar y conceptualizar lo bello, lo bueno o lo verdadero ha sido una de las formas en las que el hombre ha expresado su relación con las cosas que lo rodean, con el mundo y su contexto. En la elección, selección y en expresar lo que gusta o no, se evidencia la capacidad de valoración estética de cada individuo, aunque resulta significativo que las apreciaciones del sujeto, si bien poseen un carácter personal, dependen en alto grado de la comparación con sus experiencias de vida.
Arte, estética y diseño son términos que se imbrican, dialogan y como consecuencia han suscitado polémicas en muchos espacios. Frecuentemente se difuminan las demarcaciones entre ellos, pero lo cierto es que los unen nexos demasiados fuertes como para querer hablar de uno sin referir al otro.
Desde una concepción moderna se podría  afirmar que la estética nace y se desarrolla como consecuencia del surgimiento de las creaciones artísticas. En este caso se entendería lo estético a partir de la valoración de las obras de arte, de su relación y dependencia con el medio artístico. No obstante, si se concibiera este fenómeno a la inversa, es decir, si se valorara lo estético como base fundamental de las expresiones artísticas, habría que buscar las respuestas en la más remota antigüedad, exactamente en el proceso de formación del hombre social. Esta última noción es la que menos se ha manejado en la sociedad, lo cual ha provocado la preponderancia de lo artístico sobre las valoraciones estéticas. Cambiar esta perspectiva moderna occidental requiere una conceptualización a partir de la sensibilidad humana, desde la cultura y la comunicación.
Innumerables son las muestras en la historia del hombre que exponen la creación de obras a partir de un criterio elevado. El mundo antiguo constituye un fiel ejemplo de creaciones monumentales que han roto las barreras del tiempo, como son las pirámides de Gizeh, las joyas de los faraones, sus palacios y otras. Pero con el devenir de los años también ha acontecido un cambio en la forma de entender lo bello. Ya desde Las tres Gracias, de Rubens, se había comenzado a mostrar otra visión de la feminidad, pero no es hasta el posmodernismo que se renuncia a toda idea preestablecida y se crean nuevos patrones para entender el arte sobre la base de nuevos valores estéticos.
En relación con lo anterior, el teórico de la Comunicación, Joan Costa, en su libro Hablando de Diseño, plantea: “La belleza o la poética es lo que a menudo es la razón de la obra de arte. La belleza, o incluso la fealdad, es al arte lo que la estética es al diseño. Pero una estética funcional. El diseño no es arte, pero vive de él porque se alimenta de sus diferentes estéticas”. En otras palabras, la estética en el diseño cumple una función práctica y utilitaria. Se trata de emplear en el producto comunicativo los códigos estéticos que sean manejados por el receptor y que puedan ser decodificados de forma eficiente.
El tema es complejo, sobre todo en una sociedad tan cambiante, donde las reglas y cánones establecidos son flexibles en cuestiones de estética. Los gustos son tan heterogéneos como sabores existen. Lo bello para mí no necesariamente debe serlo para ti. Entonces, ¿qué es lo bello? Mi percepción de lo bueno no siempre coincidirá con la tuya. Por tanto, ¿qué es lo bueno? Lo verdadero a mi juicio puede ser lo falso al tuyo. Pues pregunto: ¿qué es lo verdadero? Finalmente, como expresé al principio, ¿qué es la estética?

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